Quieres ir a París y aparece Girona: calma, Mari, vas bien
¿Qué significa un año?
No hablo de 365 días, ni de 52 semanas, ni de las horas que contiene un año. Hablo de qué significa para ti y para mí: qué implica cuando queremos mirar hacia atrás y planificar lo que viene.
Porque, en teoría, si quiero preparar mi 2026, antes tengo que entender qué ha sido mi 2025.
Pero… te animo a hacer un ejercicio muy sencillo.
Te propongo que te pasees por tu WhatApp, por tu Instagram, por tu diario personal (si tienes uno), tus mails… y simplemente leas qué ha ido ocurriendo en los últimos 12 meses.
Date cuenta que la persona que colgó esos stories, mandó esos mensajes, tomó esas fotos —esa tú— no tenía ni idea de lo que iba a vivir lo que quedaba de año.
No sabía qué cosas iban a derrumbarse y cuáles iban a aparecer.
No sabía qué giros inesperados estaban en camino.
Sólo la persona que eres hoy puede alcanzar a comprender cuánto trabajo cabe en un año, y cuántas sorpresas pueden llegar a ocurrir.
Porque 2025 no era previsible.
Ni para ti, ni para nadie.
Y aquí está la primera gran idea:
Si un año es imprevisible, ¿por qué nos seguimos empeñando en planificarlo como si fuera una línea recta?
Las intenciones: una forma de poner dirección sin que el resultado nos ciegue
Muchos intentos de planificar un año se basan en propósitos. Y los propósitos, en teoría, están bien. El problema es que nos atan al resultado.
Una intención, en cambio, nos define un objetivo sin que el resultado nos distraiga.
Cuando nos obsesionamos con llegar al punto “A”, nos fijamos tanto en la meta que somos incapaces de ver todo lo demás: las pequeñas conversaciones, los movimientos internos, las decisiones mínimas, los gestos cotidianos que también nos están llevando hacia allí.
Por eso es tan fácil sentir que “no hago nada”, incluso cuando llevas un año entero haciendo muchísimo.
Lo que falla no es tu desempeño:
es la forma de mirar.
La intención abre esa mirada.
Es un compromiso contigo misma para mantenerte en la dirección de la vida que quieres vivir, sin medir cada paso como si fuera un examen.
Una intención, un tema, una palabra
Mi intención de 2024 empezó a hacer chup-chup en noviembre de 2023, no el día 1 de enero (como suele pasar con los propósitos de año nuevo). Mi palabra apareció mucho antes que el calendario porque yo ya estaba en un ciclo nuevo.
Me uní a una comunidad, encontré el tipo de espacio que necesitaba y, sin querer, “pertenencia” se quedó conmigo como mi intención —mi palabra— para 2024. No la busqué; llegó. Y desde ahí se convirtió en el tema de mi año.
No me limitó.
Pero sí me acompañó.
Estuvo detrás de muchos proyectos, decisiones, cambios, avances y bloqueos.
Incluso cuando en octubre la vida se me fue al garete —a nivel personal y laboral— esa palabra seguía ahí, como un hilo conductor.
Y eso es lo que hace una buena intención:
no te obliga, te sostiene.
Cómo encontrar tu Tema del Año
Tu intención no se fuerza.
Se reconoce.
Hay una frase de Amy Krouse Rosenthal que me encanta:
“Presta atención a aquello a lo que ya prestas atención.”
Ahí suele estar tu palabra.
En lo que te llama.
En lo que te molesta.
En lo que te da curiosidad.
En lo que te preocupa.
En lo que no dejas de repetirle a tus amigas.
En lo que te ocupa por dentro aunque desde fuera no se note.
Tu Tema del Año debería cumplir tres características:
Ambiguo. Lo bastante amplio para abrazar todas tus versiones del año.
Direccional. Te guía sin exigirte.
Resonante. Te habla a ti, no al resto.
Y un extra importante:
debe servir tanto en tu vida profesional como personal.
París sí, pero empezando por Girona
Tener la palabra está genial, Mari, pero hay que bajarla a la vida diaria.
Y aquí siempre tiro de metáfora: la carretera.
Si tu intención fuera “París”, la primera señal que verás no será un cartel que diga “París”. Será Girona. Luego Figueres. Luego La Jonquera.
Si esperas ver “París” desde el minuto cero, te vas a venir abajo. Vas a pensar que está lejísimos y que no llegas nunca.
Eso mismo pasa cuando te marcas objetivos gigantes: si tu primera señal está a 300 kilómetros, lo único que consigues es frustrarte.
Por eso necesitamos señales pequeñas, ridículamente fáciles de alcanzar.
Pasos que puedas hacer sin que se te hunda el ánimo.
Los pasos fáciles generan satisfacción.
La satisfacción genera continuidad.
La continuidad genera dirección.
Y la dirección alimenta la intención.
El problema de los objetivos SMART
Si algo quiero evitar, es que confundas intención con objetivo rígido.
Especialmente con los famosos objetivos SMART: específicos, medibles, alcanzables, relevantes y temporales.
El sistema no es malo. Lo que es irreal es pensar que la vida puede encajar ahí.
Porque si hay algo que no podemos controlar es:
los imprevistos, los resfriados, las crisis, los viajes espontáneos, los cambios de energía, los días malos, las oportunidades que aparecen de pronto, los fines de semana que no salen como querías.
Si marcas un objetivo SMART y la vida se sale del guión —cosa que siempre hace— la sensación inmediata es: “ya he fallado”.
Y no.
Falló la estructura, no tú.
La alternativa: experimenta, experimenta, experimenta
Hay una alternativa muy poderosa:
convertir tus objetivos en experimentos.
En vez de decir:
“Voy a hacer yoga 30 minutos cada día”, puedo preguntarme:
“¿Qué pasaría si empiezo a priorizar un rato para flexibilidad esta semana?”
Esa pregunta abre posibilidades.
Da permiso para probar: ir a una clase, ver un vídeo en YouTube, estirar diez minutos… Todo suma.
Y si un día no hago nada, sigo alineada con la intención porque la intención no es el resultado: es la dirección.
Y ahí está la clave de una planificación amable: cuando solo te fijas en el destino te frustras; cuando te fijas en el camino, puedes avanzar.
En conclusión, Mari. Si revisas lo que has generado durante todo el 2025, verás que no había forma humana de anticipar tu 2025. Y tu 2026 tampoco será previsible.
La vida casi nunca avisa, pero sí puedes elegir desde dónde caminarla. Eso es una intención: un compromiso contigo, una forma de vivir y no de auto examinarte constantemente.
Y por eso no tiene sentido ponerte objetivos lejanísimos. Si la primera señal está a 300 kilómetros, te vas a venir abajo. Mejor busca señales cercanas, accesibles, pasos fáciles que te mantengan en el camino de tu intención.
Porque quizá planificar un año no va de controlar, sino de acompañar la vida que tienes mientras ocurre, pasito a pasito, desde un lugar que sí puedes sostener.
(Si quieres recibir en tu correo este post y todos los que vendrán, suscríbete a la newsletter “El Rincón Olganizado”)